08 enero 2008

Entrevista a Nelson Castro

Entrevista que le realicé al periodista Nelson Castro y que fue publicada en el nro. 2 de La Crujía Revista, correspondiente al mes de septiembre de 2006.

La verdad es que vi la nota citada en varios blogs e incluso en alguna gacetilla, por lo que me pareció que lo más lógico era postearla aquí también. Espero que sea de vuestro agrado.


A los 51 años, es reconocido por sus colegas y el público como uno de los periodistas más respetados y confiables de la Argentina. Conduce los programas Puntos de vista (Radio Del Plata), El juego limpio (TN) y Lo que el viento no se llevó (Radio Nacional Clásica). Desde septiembre de 2005 se desempeña como ombudsman –defensor de lectores– del diario Perfil y en noviembre de ese año publicó el libro Enfermos de poder, que trata los conflictos entre el poder y la salud a partir del análisis del caso de 10 presidentes argentinos. Premiado por su destacada labor tanto en el ámbito internacional –New York Festivals y Rey de España– como en el ámbito local –Martín Fierro, Konex, Broadcasting, entre otros–, Nelson Castro demuestra día a día que es posible ser ético y exitoso, aun trabajando para diferentes empresas periodísticas. Referencia obligada en materia de periodismo, la revista La Crujía lo entrevistó para conocer su visión sobre el presente y el futuro de la profesión en la Argentina.


En una encuesta realizada por el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), Ud. fue elegido por sus colegas como el periodista más prestigioso del país. ¿Este reconocimiento implica simplemente un halago o es además una responsabilidad?

No, son las dos cosas. Por supuesto que es un halago que yo siempre agradezco. Siempre el reconocimiento de los pares en cualquier profesión, mucho más del público, constituye uno de los objetivos que uno tiene en su profesión. Pero es una responsabilidad, por supuesto. Yo esto lo tomo como tal para seguir adelante con mi trabajo y sobre todo con mi involucramiento (remarca lentamente la palabra) en el espinoso tema de la defensa de las libertades, de la libertad de prensa para los periodistas, que es un tema muy problemático no solamente en la Argentina sino en el mundo.

En diferentes entrevistas Ud. contó que la vocación por la medicina y el periodismo era algo que tenía desde muy chico...

Así es, desde los 12 años. La vocación de médico surgió a los 12 años y la vocación de periodista a los 13. Yo iba a un colegio católico, Nuestra Señora de Luján, y allí teníamos un periódico escolar, y la verdad es que cuando me convocaron para trabajar de periodista enseguida me gustó. Realmente sentí que esa era una vocación que yo también tenía.

¿Y cómo fue llevando el desarrollo de ambas vocaciones?

Lo llevé muy bien hasta el año 94. El hecho de la notoriedad que empecé a tener en los medios hizo que la profesión médica se viera muy contaminada por eso. Y por lo tanto tuve que dejarla, porque yo notaba que la gente venía a ver al médico que estaba trabajando en radio y televisión, y eso generaba una demanda mucho mayor que no era totalmente genuina. Muchas veces me tocaba ver pacientes que estaban en manos de muy buenos colegas, muy bien tratados y a los cuales yo no tenía ninguna cosa diferente para decirles y que venían a mí por el hecho de que yo era conocido. Era un elemento contaminante que me generaba un problema ético que iba a ser más grave aún con el correr del tiempo. Por ende, ahí me di cuenta de que tenía que dejar la práctica de la medicina... lamentablemente...

Respecto de su labor actual como ombudsman del diario Perfil, ¿no le da miedo quedar en una posición de auditor o censor de sus colegas?

No, porque esa es mi función, así que no es que me da miedo, esa es la función. A mí me interesa mucho ser auditor. Soy efectivamente quien en representación de los lectores atiende los reclamos, con lo que significa eso como exigencia de transparencia para el diario. Entonces, mi función de auditor está basada en lo que los lectores opinan. La verdad es que es una tarea que yo creo que crecientemente se va a imponer en los medios de todo el mundo y que a mí me resulta fascinante porque hace a la transparencia periodística. Eso está muy claro, desde el principio quedó muy claro para todo el staff del diario. También soy un referente de transparencia para la gente que trabaja en el diario, por eso el conflicto sindical que tuvo Perfil lo conté yo. La página del ombudsman fue para que también los trabajadores del diario hagan escuchar su voz frente a los lectores, para que ellos explicaran cuál era el problema que tenían. Así que también ellos descubrieron lo que daba esa posición intermedia. Porquen si bien a mí me contrata el diario, yo soy independiente del staff de redacción y del staff editorial: tengo opinión propia y eso me da independencia. Y el ombudsman tiene peso cuando puede trabajar con total independencia. Yo estoy muy contento con eso y debo reconocer honestamente la buena actitud de Fontevecchia y la gente de Perfil de allanarse al peso que significa tener un ombudsman con la dinámica que yo le doy a este cargo.

Para ocupar ese cargo, ¿la condición elemental que debe que tener el ombudsman es la trayectoria?

La trayectoria pesa en cuanto a lo que, obviamente, podés generar, por eso tiene importancia y yo lo vivo como una responsabilidad. En general quien es el ombudsman es un periodista muy respetado, tanto por la comunidad periodística como por la gente. Entonces vos tenés un denominador común: sos un referente confiable para todos. Esa es la importancia de decir no cualquiera puede ocupar ese cargo, si es que lo va a ocupar en toda la dimensión y peso que tiene dentro del diario. Y el peso es enorme.

Ian Mayes, ombudsman de The Guardian, señaló que de los más de 20 mil medios de comunicación del mundo, sólo 80 tienen un defensor del lector. ¿Ud. cree que las empresas periodísticas se resisten a admitir ante el público que cometen “errores”?

Sí, por supuesto. Es una decisión empresarial de mucho peso también. No es casual que sean pocos los medios que tienen ombudsman. Incluso es una actitud del medio de mucha apertura, para lo cual tiene que tener una posición autocrítica muy fuerte. No todos tienen esa posición.

De uno a diez: ¿qué calificación le pondría al estado de la libertad de expresión en la Argentina?

En términos generales le pondría entre seis y siete.

¿Es el peor momento desde 1983?

No, ha habido malos momentos. Con el menemismo hubo malos momentos. Con (Raúl) Alfonsín también hubo cosas malas. Un momento ideal no hubo. Por supuesto que siempre se vive cada momento como el más duro, pero el menemismo fue también muy duro. Y el alfonsinismo también fue duro, con la prensa, con los medios en manos del Estado y demás. Nunca logramos el ideal en Argentina. Por supuesto que estamos mejor que durante la dictadura, eso es indiscutible, pero nunca nos acercamos al ideal.

¿Y al interior del país que nota le corresponde?

Peor, es peor. Yo le pondría una calificación deficitaria, porque ahí el peso del poder político sobre los medios se sufre mucho más. Y esto abarca todas las corrientes políticas: desde (Jorge) Sobisch hasta (Juan Carlos) Romero, (Alberto) Rodríguez Saá, etc. Es un problema cultural de mucha dirigencia política que hoy tenemos en la Argentina.

Jugando con el título de su libro, algunos integrantes del Gobierno ¿están enfermos de poder?

Como todos. Kirchner es un enfermo de poder (remarca el de) y del poder. Como la mayoría de los políticos en la Argentina y en el mundo. El poder produce una transmutación de la persona, que se desespera por ese poder y ata su vida a ese poder.

Respecto de la situación de presión que tuvo en la radio, ¿volvió a recibir llamadas por parte de algún ministro u otro integrante del Gobierno?

Nunca tuve ninguna llamada. Sé que hicieron conocer a algunas autoridades de la radio el enojo que tenían tanto con (Jorge) Lanata como conmigo. Yo no recibí ninguna llamada, y además no atiendo llamadas de ningún funcionario.

¿De ninguno?
Yo no atiendo a ningún funcionario en privado. No atiendo absolutamente a ningún funcionario.

Ud. ha logrado mantener su independencia –y coherencia– como periodista trabajando en medios tan distintos como TN (grupo Clarín), diario Perfil (editorial Perfil) o Radio del Plata (Marcelo Tinelli). ¿Cree que podría manejarse con la misma libertad si no fuera Nelson Castro?
Por supuesto que el ser Nelson Castro hoy me garantiza la libertad que tengo en cualquier medio. El problema que yo tengo es qué les pasa a los que no son Nelson Castro, o uno de los otros nombres del periodismo, Magdalena (Ruiz Guiñazú), (Jorge) Lanata, (Horacio) Verbitsky, (Santo) Biasatti o (Joaquín) Morales Solá. Veo con mucha preocupación lo que viene para las próximas generaciones porque por supuesto que para llegar a ser un nombre uno necesita tiempo y hoy ese tiempo los chicos no lo tienen.

¿Y si no tuviera esta libertad?

Sin esta libertad sería muy difícil trabajar y seguramente... no sé si hubiera seguido trabajando de periodista.

¿Le han sugerido que trate o que deje de tratar algún tema?

Solamente dos veces y dije que no y seguí trabajando. Reconozco que tuve suerte. Hubo dos veces que pasó y dije: “Mire, yo no voy a firmar esto, por esto y por esto... y Uds. tienen derecho a ejercer esa opinión editorialmente”. Y lo entendieron. Siempre lo tomo como un estímulo para la gente joven para decir que hay que intentar por lo menos defender la posición de uno, hay que intentarlo. Después puede ocurrir que sea que sí o que no. Con esto no me considero con autoridad para ser juez de nadie. Yo lo intenté. Lo importante es que lo haya intentado.

Hoy en los medios, ¿se privilegia el entretenimiento sobre la información?

En algunas cosas sí, en otras no. Hoy, de todas maneras, muchas veces tenés que adecuar el contenido a lo que son los mensajes. (Marshall) McLuhan decía el medio es el mensaje. Hoy el ritmo de los medios es diferente a hace 30 años. Yo hoy hago un programa distinto al que hacía hace 10 años. Con el mismo contenido. La adaptación a los lenguajes creo que forma parte de una dinámica que tenemos que considerar.

¿Y esta adaptación justifica que se flexibilicen principios?

No, son dos cosas distintas. Vos podés adaptar y decir hoy un informe que antes te lo hacía en 10 minutos lo hago en 3. Tenés que ser mucho más riguroso en ver qué hacés. Tenés que reelaborar todos esos elementos pero con la misma premisa para que en esos 3 minutos estén presentes los 4 o 5 elementos fundamentales. Esto requiere una experiencia muy fuerte, implica capacitación, talento, pero de ninguna manera justifica una flexibilización.

Ud. contó que la mayoría de las normas y principios que aplica los incorporó a través de la beca del World Press Institute que realizó en medios de los Estados Unidos. En la Argentina, a nivel principios, ¿hay una falla en la formación profesional o en la formación general de los periodistas?

Bueno, se dan las dos cosas. Hay a veces una falla de formación profesional. La sociedad argentina tiene una laxitud para con los principios, y esto también cuenta. Es una combinación, y los medios, muchas veces, no son excesivamente cuidadosos de las normas. Así que es un cóctel. Por eso yo trabajo mucho, esto se lo transmito a los chicos y lo vivo mucho y lo expongo mucho, no para hacer una cuestión de vanidades sino para demostrar que los principios constituyen un elemento esencial en cuanto a la honestidad intelectual con la cual se hace periodismo.

¿Qué opinión le merece el tema de los periodistas, incluso del diario Perfil, que viajaron a Finlandia a visitar la planta de la empresa Botnia?

Yo lo critiqué porque ahí se violó un principio ético del diario, que fue que se viajó pagado por Botnia. No era malo que hubieran viajado; cuando yo quiero hacer una nota voy a hacerla a Botnia y demás. De ninguna manera es aceptable viajar pagado por la empresa sujeto de la nota y de la polémica. Eso es éticamente innecesario.

¿No merece un debate la posición de muchos periodistas que justifican que es la única manera que tienen de realizar la nota?

Por supuesto que merece un debate, y por supuesto que no comparto esa posición, porque obviamente la empresa puede usarlo. Y entonces, como yo le decía a alguien: “Bueno, pero entonces supongamos que no escribo a favor”; no importa, porque a lo mejor la empresa disfraza con vos a otros tres que sí les pagó y vos quedás en lo mismo. Son casos que en general en los países sajones esto no se acepta. Y yo tampoco lo acepto. Yo soy crítico y por eso hice ese nota crítica en Perfil.

¿Hoy se está transitando hacia una hiper profesionalización o hacia una precarización de la labor del periodista?

A veces bajo una hiper profesionalización lo que se disfraza es una precarización. Hay mucha precarización de la profesión. Y me preocupa mucho. Es increíble la paradoja: hoy casi todos los chicos egresan de universidades. Sin embargo, el nivel de preparación técnica y de conocimiento que tienen es en muchos casos horrible después de haber pasado cinco años por la universidad. Eso me preocupa enormemente. Yo lo que veo es que la base es muy floja. Eso genera todo un tema de quienes estudian periodismo... a mí me ha pasado muchas veces de estar en una facultad de periodismo donde los chicos no leen el diario. ¿Qué clase de periodistas vamos a formar?¿Cómo una facultad ha tomado durante 4 años a un alumno que no leyó el diario?. Estos son pilares que faltan y que por supuesto generan una endeblez en muchos profesionales que a mí me asusta.

¿En el contexto actual podría darse un caso como el de Judith Miller –periodista del New York Times que se negó a revelar sus fuentes ante la Justicia de los Estados Unidos– o como el de José Luis Cabezas?

(Piensa) Sí. Ese temor existe, pero no de ahora. Desde hace mucho tiempo. Te recuerdo que en la década del 90 el menemismo impulsó la llamada ley mordaza, que asemejaba los delitos de la prensa con el homicidio. Así que no es nuevo. Este peligro viene existiendo desde hace muchos años...

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06 octubre 2007

Encantos se buscan

¿Con los años los encantos se definen como aquello que precede al orgasmo y que luego se esfuma dejando al desnudo a los verdaderos seres?

Cada vez conozco más mujeres encantadoras que encantan el antes y desecantan el después. Algo mal debo estar haciendo... O no...

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03 octubre 2007

La función del arte I

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadioff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre
- Ayúdame a mirar!

Eduardo Galeano - El libro de los abrazos

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25 septiembre 2007

Premonición I

Estoy en un asado, en una gran mesa con mucha gente a lo largo, quizás un grupo de teatro que alguna vez frecuenté, quizás todos los grupos, no lo sé, no lo puedo determinar, tanta gente, tantas voces, tantas caras, todo es demasiado infinito y confuso. Estoy sentado casi en la punta. A mi lado hay una silla vacía, parece que la única. Alguien me pregunta si ella va a venir. Contesto que creo que no. En realidad sólo yo lo sé: ella nunca va a venir... en realidad...

Llamativamente, en la vida real esa noche voy a un asado, me siento en la punta de la mesa y a mi lado hay una silla vacía. Le pido a Cristina que se siente a mi lado. Ya no estoy tan triste.

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31 julio 2007

Ojos entrecerrados

Y tan sólo basta con entrecerrar los ojos para entreabir la puerta de tu sonrisa, para enredarme entre brazos y cabellos, labios y caricias, para que perdido en el brillo de tu esencia olvide pasados, saboree presentes e ignore futuros, sin más deseo que el de acercarme a mi puerta y entrecerrar mis ojos para...

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06 abril 2007

Pasar para no pasar

No recordaba cuánto había transcurrido desde la última vez que estuve sentado junto a esa ventana. Días, meses, años quizás, kilos, litros, grados, no lo sé, a veces uno cae rehén del inútil reflejo de cuantificar, de ponerle un valor, un número a todo: quince a las sensaciones del regreso, ocho a la comunión de las manos con la textura de una mesa ajada por palabras y silencios, veintiséis al olor a café tan propio de los sesenta y tantos rincones del bar, noventa y dos a los tonos de las voces de los parroquianos allí reunidos, treinta y cinco a unos dados que estallan en un full servido cerca de la barra. Es estúpido pegarle una etiqueta a cada recuerdo, me digo. Es estúpido e inevitable. Tanto o más como regresar a este lugar y no sentirse, al menos por unos instantes, un elegido a quien el tiempo le revela su secreto de pasar para no pasar.

Por el rabillo del ojo lo veo llegar apurado. Brillante de sudor, víctima de su heredada hiper puntualidad, me saluda agitado. Seguro que corrió para llegar antes de que el segundero complete su círculo vicioso una vez más. Seguro que en algún momento me contará que el tiempo de viaje desde su casa quedó reducido a “tan solo” catorce minutos. Seguro que elegirá el momento adecuado para hacerlo. Sentate, le digo, ¿qué tomás? Sus ojos me miran con una mezcla de miedo y de culpa. El karma de esa persona que siempre se va, del que nunca llega a ninguna parte, se trasluce en su mirada huidiza. Lo mismo que vos, apura con resignación. Claro, para qué poner en juego una decisión si total se va a tener que ir, pienso. Es elemental. Elemental e inevitable. Escribo la deducción como si fuera una etiqueta –una más- en el margen de mi cuaderno y pido dos cafés.
El sonido de los pocillos rasga la densidad del silencio y aprovecho su distracción para intentar comenzar con la entrevista. Me siento incómodo: nos conocemos de toda la vida pero parecemos extraños, sin nada que decirnos, sin nada que compartir. Quizás sea que el éxito y el anonimato conviven como extraños en la misma vida, paralelos, distantes, como esos rieles que no conducen a ninguna parte. O quizás sea que el éxito y el anonimato son estériles etiquetas de las dos caras de la misma moneda. Sonrío hacia adentro y me prometo anotar la frase para utilizarla luego. Escuchame, podés empezar por dónde quieras, no hace falta que sea cronológico, le explico con precisión docente. La cuchara que golpea rítmicamente contra el fondo de la taza es toda su respuesta. Algún observador casual de la escena pensaría que él simplemente me trata con indiferencia, pero en realidad no es así. Tras su coraza exterior, esa que lo muestra concentrado por completo en los geométricos giros de su cortado, sé que hace un esfuerzo sobre humano por encontrar la punta del ovillo que le permita salir del laberinto de sus recuerdos, por matar a esa especie de Minotauro de la conciencia y dejar fluir sus vivencias y sensaciones con total naturalidad. Pero no puede. Dale, lo primero que se te venga a la cabeza, lo provoco. No oye. Abstraído en su búsqueda, ahora no tiene como objetivo encontrar el inicio del carretel, que a esta altura él debe saber muy bien cuál es y dónde está, sino encontrar el mejor de todos, ese confeccionado con un hilo más suave que la seda, más resistente que el acero, el mejor de los recuerdos, el mejor de los relatos, la perfección de cada morfema y de cada palabra, la perfección de la perfección misma. Tristemente veo como la intensa actividad en su interior le quita naturalidad a su cuerpo: los ojos clavados en las irregularidades de la mesa, las manos rígidas, un rictus amargo en la boca que preanuncia el espasmo de la memoria. Nadie podría explicar lo que ocurre dentro de ese hombre. Nadie que no lo conozca de toda la vida.

Segundos después y sin que medie aviso alguno, el volcán estalla en una ininteligible lava de palabras y fechas carentes de sentido: Divorcio. 1985. Un cura. 1983. Primaria. 1986. Secundaria. 1993. Muerte. 1990. Hermana. 1990. Hermano. 1992. Beso 1993. Su estúpida perfección simplificada al extremo no tiene nada que ver con la consigna, no tiene nada que ver conmigo ni con él. Ya no me siento incómodo sino molesto. Molesto con su sobre actuada inexpresividad, con su telegrama verbal, con la bendita idea de haber propuesto esta entrevista. Manuel, escuchame, necesito que te describas, nada más. Cerveza. 1995. Torneo. 1994. Mujer. 1996. Sistemas. 1998. Diario. 1994. Fracaso. 2001. Teatro. 2000. Mariana...
Súbitamente los dos nos quedamos congelados al escuchar el nombre. Con una lentitud imperceptible todo se diluye en ese instante: miradas, sensaciones, recuerdos, presentes, voces, silencios, distancias, todo, absolutamente todo, comienza a girar en torno a ese punto de inflexión con nombre de mujer que absorbe al éxito y al anonimato, al hombre sociable y al misántropo, al sensible y al infranqueable, al defensor del pseudo bien y al abogado del pseudo mal, ahora en sus aguas se mezclan entrevistador y entrevistado, actor y espectador, lector y escritor, juego y jugador, ahora en ese espiral colmado de verdades se funden las dos caras de esa moneda que, sentada en la mesa de un bar cualquiera, fantasea inútilmente con descifrar el preciado secreto de pasar para no pasar.
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-- Gabriel Gil - Mis Aguasfuertes - Roberto Arlt - Mis Aguafuertes --

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16 marzo 2007

Para descifrar el rocío

Todos estamos en el pozo,
pero algunos miramos las estrellas
Oscar Wilde


El murmullo incesante de la ciudad se filtra por la puerta ventana del balcón entreabierta. Con la misma curiosidad del primer día, Magalí se asoma y recorre la infinidad de departamentos que la rodean. Observa con lentitud, como si intentara grabar a fuego en su memoria cada una de las imágenes que desfilan ante sus ojos. Primero arriba, luego abajo, hacia el norte y sur después. La combinación cemento-cielo-tierra-todo no deja de sorprenderla aún cuando ya pasaron dos meses desde que llegó de su Mercedes natal. Qué diferente que es esto, suspira. Allá, mi casa es mi casa, distinta a la de Paula, a la de Nico. El bar es el bar y no una copia exacta de otros cinco, diez o cien. Allá nada ni nadie se pierde en el anonimato de la generalización. La voz de un comentarista que analiza los avatares del último partido de fútbol del Domingo interrumpe su pensamiento. Uno, dos, tres, nueve, doce. Dieciséis pisos. ¿Quién vivirá en ese balcón descuidado del octavo?¿Habrá una familia merendando en ese departamento del decimoquinto?¿Y en aquel otro?¿Se conocerán entre ellos? Imposible saberlo. Allá es todo tan distinto, acá se ve todo tan igual. Uno, dos, tres, cien. Mil balcones. Todos con cortinas que danzan somnolientas al ritmo de la brisa densa, con plantas que no conocen la lluvia, con sombras empapadas por los rayos catódicos de un aparato de televisión. Magalí siente la boca reseca. ¿Seré una más?¿Cuántos de ellos llegaron desde sus Mercedes natales?¿Cuántos de ellos recordarán el aroma de un jardín, la textura de una flor mojada por el rocío, el sonido del viento entre los árboles?¿Cuánto me falta para empezar a olvidar? La joven pestañea, una, dos, tres veces. Se siente abrumada, ajena, perdida en una realidad que no es la suya, en una realidad a la que llaman Buenos Aires.

Dos pisos más arriba, Elsa mira las agujas del reloj de la cocina que marcan las nueve con un movimiento seco y preciso. En un acto reflejo, toma apurada el teléfono del “mueblecito” y presiona con velocidad los ocho números de la pizzería de la otra cuadra. Sí querido, como siempre, con poco orégano y sin aceitunas, ¿cuánto demora? La frase se repite ritualmente todos los Domingos a las nueve desde hace ya cuarenta y cinco años, cuando recién se había casado con Raúl. Para la pareja, la hora de la pizza, como decidieron llamarla, fue siempre mucho más que un simple acto de alimentación: en un día donde el almuerzo era compartido con los padres de ella o de él, donde la tarde se dividía entre visitas a familiares, amigos, tareas domésticas o alguna “escapada” de Raúl a la cancha, la hora de la pizza era un bálsamo para la intimidad, un espacio que ambos disfrutaban después de una salida al cine o de una vuelta por la plaza del barrio, la excusa perfecta para una conversación de sobremesa que podía extenderse sin que, contrariamente a la exactitud de esta costumbre, importaran las horas.
Elsa se mira en el espejo ornamentado del mueblecito. Las canas le han ganado la batalla: hace tiempo que su cabello perdió ese color negro azabache que tantos jóvenes le alababan en los bailes de carnaval. Pero aún conserva la sonrisa amplia y generosa que tanto le gustaba a su marido. Sonríe. El espejo le devuelve la imagen de una simpática abuela. Una abuela que no es. Su boca cobra de inmediato un rictus amargo. Quizás si tuviera treinta años menos. Pero ahora es tarde. Para hijos, para nietos, para ser Domingo, es tarde. Mejor que me deje de pensar en pavadas y que ponga la mesa, se reprocha. Intenta sonreír una vez más, pero ya no es lo mismo. Lejos están los bailes, un departamento recién pintado, los programas triples del cine Gran Norte, las charlas interminables, el accidente y la única noche en la que el rito fue interrumpido. La mujer mira la mesa con tristeza. Hoy, un solo plato bastará para recordar una de las costumbres que más disfrutaba con su esposo.

Hola, buenas noches. Buenas noches, querida, ¿cómo estás? Desde la vereda, dos repartidores que comentan el empate en el clásico del fútbol local observan a las mujeres que se saludan en el hall del edificio. En el palier, Elsa recibe la pizza y fiel a su costumbre entreabre la caja para controlar que tenga poco orégano y ni una sola aceituna. Magalí toma su porción de tallarines a la bolognesa, sin mucho más interés que el de regresar lo antes posible a su departamento. Dejá nena, yo cierro. La joven no la escucha. El calor de la bandeja plástica que quema sus dedos no tiene comparación con el que siente en su pecho. Hay algo que no comprende, que no logra descifrar. Pestañea, una, dos, tres veces. El ardor se convierte en un río helado que recorre su espalda, que se bifurca por sus brazos, piernas, que desemboca en los baldosones encerados de la planta baja donde todo es agua, donde desbordan los balcones, las distancias, los aromas de los jardines que no están. Señora, ¿por qué los Domingos son tan tristes en Buenos Aires? Al reconocer el sonido de su voz, Magalí se da cuenta de que la corriente de su angustia destruyó todas las barreras de represión y censura de su aparato psíquico, que ya no puede controlar un caudal que se ha tornado violento e impredecible: el río se ha convertido en mar. Elsa se queda petrificada con la llave puesta en la cerradura. Identifica en la pregunta de la joven la duda que la asalta cada vez con más frecuencia: ¿por qué para ella todos los días son Domingo? Ojalá lo supiera, ojalá no fuera así. La mujer nota que los músculos de la cara se le tensan hasta instalar en su boca ese rictus amargo, tan familiar en los últimos tiempos ¿Qué responderle a la chica? El silencio la incomoda. Saca la llave y se acerca al ascensor. La puerta del artefacto se abre bruscamente y de su interior sale un hombre de aspecto desalineado, barba despareja, cabellos grasosos que luchan contra una incipiente calvicie y una pila de cuadernos amarillentos apretados bajo el brazo. Es así, la tristeza es el mal de las grandes ciudades, la alienación, como lo explicó Marx hace más de cien años, dice fugazmente mientras se encamina hacia a la puerta de entrada. Sin esperar respuesta alguna ni despedirse, la abre del mismo modo del que descendió del ascensor y se va. Las mujeres se miran sorprendidas, sin entender como la situación desembocó en esa aparición tragicómica. Es el del quinto ‘B’, creo que trabaja como profesor. Debe siete meses de expensas, apuró Elsa. Vive solo, no está casado ni tiene hijos, ¿a qué piso vas?
El viaje hasta el sexto transcurre con el mismo silencio incómodo del palier. Ninguna de las dos se atreve a hablar. Magalí cuenta los pisos. Uno, faltan cinco, dos, faltan cuatro, tres. La mujer piensa en la pizza, en las costumbres y en que el Lunes irá a la biblioteca a consultar sobre el tema de la “alienación”. Quizás encuentre algo interesante. Chau, gracias señora. Elsa, me llamo Elsa. Vivo en el octavo ‘H’, si necesitás algo me tocás timbre, ¿si? Gracias, Doña Elsa, yo estoy en el ‘ E’, al final del pasillo. Chau querida. Chau Doña Elsa. La puerta tijera del ascensor se cierra y el aparato reanuda su marcha tosca hasta el octavo. Es raro, por primera vez en su vida no la llaman por su nombre de pila o por su apellido de casada. El “Doña Elsa” en la voz de la joven queda flotando en su memoria. La mujer entra a su departamento y deja las llaves junto al teléfono. En el espejo del mueblecito se refleja la imagen de una abuela que después de cuatro años vuelve a sonreír de manera espontánea.

Ya en el living, Magalí se acuesta resignada en el sofá. Los tallarines la esperan sobre la mesa, dentro de la bandeja plástica que recibió hace minutos. No tiene ganas de comer. Siente que se traicionó, que una angustia adolescente la desbordó y que no pudo ocultarlo. Siempre le daba una mezcla de bronca y vergüenza cuando exteriorizaba sus emociones, sobre todo las negativas. ¿Qué pensaría Doña Elsa?¿Y el profesor?¿Que era una nena caprichosa que molestaba a los demás con sus preguntas?¿Qué le diría su mamá si estuviera acá? Ojalá estuviera acá. Sus ojos negros buscan las fotografías de sus padres en la repisa ubicada sobre el escritorio. En una, posa junto a su mamá en el comedor de su casa de Mercedes. En otra, su papá y su hermano la abrazan en un acto de la escuela. Más allá, los cuatro alzan las copas en una mesa de Navidad. En Córdoba, sus tres mejores amigas sonríen antes de subir al micro que las traerá de regreso. La joven se acerca a la repisa y toma la foto en la que aparece en el comedor de su casa. Daría toda esta independencia por estar sentada en la mesa con mi familia, piensa. ¿Qué comida habrá preparado mi mamá?¿Asado del mediodía con papas al horno?¿Disfrutarán ahora del postre? Y pensar que me avergonzaba quedarme a cenar con ellos cuando mis amigos salían. Qué tonta que fui, que tonta que soy. Magalí pestañea, una, dos, tres veces. Una lágrima se desliza hasta la rozar la comisura de sus labios. El sabor a sal la devuelve desde la mesa familiar a la libertad de la estudiante de psicología instalada en Buenos Aires. Se saca otra lágrima con un dedo y la “pega” en la foto navideña. La bronca deja paso a la tristeza. Toma un marcador y en la pizarra de fórmica que tiene junto a su escritorio escribe: “El sabor a sal es el sabor de la inmensidad, del mar, de esta solitaria libertad porteña que es profunda e inmensa”.
El sonido de un papel que se desliza por debajo de la puerta la sorprende en plena acción. Tapa el marcador y se acerca al sobre blanco. A esta hora una factura no puede ser. Sólo dice “Magalí” en prolija letra de imprenta. Lo abre y encuentra dentro una invitación escrita con la misma letra y sin firma alguna: “Domingo 8, 21 hrs., Hall del edificio. Traer una comida o postre de elaboración propia”. La joven busca las llaves y abre la puerta. El pasillo está a oscuras. No hay rastro alguno del misterioso mensajero. Bajo la luz que sale de su departamento, vuelve a leer el papel. Es muy claro: “alguien” le propone encontrarse la semana próxima en hall del edificio con “algo” preparada por ella.

Contrariamente a lo que hubiera pensado, la enigmática propuesta de cocinar para una persona que no conocía la llenó de energías. En ningún momento se preguntó quién era ni por qué la había elegido, sino que todo su problema fue decidir si prepararía una comida o un postre. Magalí tenía claro que la cocina no era su especialidad, pero también sabía que los conocimientos culinarios de su madre, que había heredado varias de las recetas “secretas” de su abuela Catalina, podrían ayudarla. No lo dudó ni un segundo. El Lunes, cuando regresó de la facultad, llamó a su mamá y le pidió algunos consejos “salados” y “dulces”. Pese a que no le gustaba mentir, y que siempre le había costado mucho ocultar la verdad, tuvo inventar una excusa para justificar su pedido: no podía revelarle el misterio de algo que no entendía ni deseaba entender. Con el pretexto de que invitaría a un grupo de compañeras a almorzar, la joven obtuvo uno de los tesoros más preciados de la bisabuela.
La semana pasó más rápido que nunca. Imaginando qué podría llegar a suceder en el encuentro, dedicada a la búsqueda de ingredientes “especiales” en los negocios del barrio y enfrascada en la lectura de apuntes sobre la teoría del desarrollo cognoscitivo, no tuvo noción del correr de los días. Finalmente, la mañana del Domingo la encontró ansiosa y casi sin dormir, con todo preparado para “elaborar” esa comida que el misterioso anfitrión le había pedido.

Magalí mira por la ventana. Afuera el gris del cemento, adentro el contraste de los ingredientes y los utensilios. La joven se sorprende. Nunca se tomó el tiempo de observar el lugar en detalle: la disposición estratégica de los muebles y de las alacenas, la cantidad de luz sobre la mesada, el reflejo de su cuerpo en el piso de mosaicos. Pestañea, una, dos, tres veces. El descubrimiento le da un placer que nunca había experimentado desde que vive allí. Juega, salta en una rayuela imaginaria, se arrodilla y se encuentra en una mueca como si tuviera ocho años. Ríe. Luego de dos meses, ríe. Con la sensación de plenitud a flor de piel, se acerca a la mesada y toma la hojita de papel donde tiene anotada la receta que su mamá le dictó por teléfono. Como parte del juego en el que caracteriza a una eminente cirujana, elige una cuchilla y propone: “doctora, opere”. Ríe otra vez. Con un par de movimientos precisos, saca el hueso entero de un trozo de costillas de cerdo con lomo. Deja el bisturí a un lado y estrechándose sus manos se felicita por el éxito de la intervención: el hueco quedó listo para ser rellenado con ciruelas, tal como le explicó su madre desde Mercedes. Minutos después la carne ya con los frutos en su interior, es condimentada con sal y pimienta y atada con un piolín. En la sartén el sonido del aceite caliente trae a su memoria el ruido de fondo de las viejas grabaciones de tango que su abuelo solía escuchar. El recuerdo la lleva a buscar entre sus discos, hasta que por casualidad se topa con uno de Miles Davis. Probablemente sea de papá, piensa. Nunca escuchó jazz, pero le parece que hoy es una buena oportunidad para comenzar. La música que llega desde el living se mezcla con la que brota de la carne dorándose. Dos temas después, el cerdo ya se encuentra “sellado”. Ahora resta pasarlo a una olla en la que la que hervirá junto a un litro de cerveza rubia y un ramito de hierbas aromáticas: el gran secreto heredado. La joven tapa el recipiente. Se siente plena, enredada en un juego que la deja tan cerca de la niña que fue como de las mujeres de su familia que la precedieron. ¿Cuál habrá sido la primera comida de mi bisabuela Catalina?¿Cuál será la primera comida que nos hace mujeres? La trompeta de Davis la distrae y pierde la respuesta que tenía en la punta de su lengua. A través del vapor de la olla, el gris del cemento que se ve desde la ventana ofrece un conjunto de matices que se confunden en celestes y verdes. No todo es blanco o negro, piensa. No todo es gris. Hay tonos. También acá hay balcones con flores que no son de papel. Con lentitud, lleva la cuchara de madera a su boca y el sabor a ciruela le hace entrecerrar los ojos. El placer de cocinar para otro, de saber que detrás de la comida hay alguien más, la transporta a otra realidad. Tonos, repite. La angustia de la semana pasada parece distante y banal. Todo es tonos, todo depende de cómo una escuche. De pronto, la voz de su madre se hace presente en su memoria: si la salsa que se forma no te queda muy espesa, agregale media cucharada de fécula de papas. Una hora después el carré está cortado en rodajas sobre una bandeja. Se siente orgullosa. Feliz y orgullosa. En una cacerolita, el puré de manzana que acompañará a la carne llena la estancia de un suave aroma acaramelado.

A las nueve en punto, Magalí toma el ascensor. En sus manos, la fuente con la carne y la cazuela con el puré tiemblan por más que trate de evitarlo. Se mira en el espejo. Pestañea, una, dos, tres veces. No comprende por qué lo hace, por qué hoy el impulso es más fuerte que el temor de verse desbordada por las emociones. Sin darse cuenta ya está en la planta baja. Acá voy, dice. Respira profundo y sale. En el hall, el encargado del edificio y el hombre del quinto ‘B’ conversan animadamente. El misterioso organizador del encuentro no está en la puerta de entrada. Tampoco en el palier. ¿Llegará tarde?¿Se habrá arrepentido? Supone que lo mejor es preguntarle al portero si lo vió. Al acercarse, observa aterrada que cada uno de ellos sostiene entre sus manos un recipiente cubierto con un repasador. No cree lo que ve. Prefiere no creer. Una mezcla de bronca y desilusión la invaden. Quiere gritar y patear como cuando tenía tres años. Yo pensé que, dice sin encontrar las palabras para poder continuar. Seguro que fue el profesor. Es una broma de muy mal gusto, piensa. Siente que el odio se le escapa por los poros, que en cualquier momento desbordará y tendrá lugar otra catástrofe emocional.
La voz de Doña Elsa a sus espaldas le devuelve la tranquilidad. Buenas noches, perdonen la tardanza, me entretuve con la televisión.
Magali, el encargado, y el hombre del quinto ‘B’ se miran extrañados. La mujer comprende que les debe una explicación. Como se habrán dado cuenta, la de las invitación soy yo, comienza. Conozco la historia de los cuatro, sé que estamos solos y que las cenas de Domingo son solitarias y angustiantes. Entonces, ¿por qué no tratar de convertir una comida en un lindo momento? Los tres asienten. El misterio fue para darle un poco más de sabor a la propuesta. Además, tenía miedo de que si los invitaba a mi departamento pusieran excusas para no ir. Pero ahora no importa, apuró la mujer, ya estamos todos acá. Señor Vallejos, ¿podemos usar su escritorio? Elsa se siente energizada, jovial. De su canasta saca un mantel, cuatro platos, cubiertos y vasos. Bueno, a ver que trajo cada uno, propone ansiosa. Vallejos acerca unas banquetas plásticas desde el cuarto de limpieza. No serán un lujo, pero es mejor que el piso, dice entre risas. Una vez sentados, Magalí se presenta y cuenta orgullosa que el carré de cerdo con puré de manzanas está preparado según la receta especial de su bisabuela. Rogelio, el profesor, sugiere que también pueden acompañarlo con su ensalada griega de tomates, pepino, cebolla, queso cortado en daditos y aceitunas negras. Ideal para grandes momentos, como el que estamos por disfrutar, señala. Elsa, en su rol de madre organizadora, dispone de cada uno de los detalles de esa especie de kermés de consorcio: las empanadas salteñas hechas por el señor Vallejos por un lado, la carne con el puré de manzanas y la ensalada por el otro y en una de las puntas la pizza casera preparada por ella. Sí, es caserita, dice remarcando la ‘t’. No sé como habrá salido. La última que hice fue hace como veinte años. Ríen. Cuánto tiempo, piensa. Dale Elsita, se anima, hoy estás acá, de anfitriona, dale que es tarde para angustiarse y temprano para ser Domingo. La mujer se pone de pie con esa sonrisa que tanto le gustaba a Raúl, levanta su vaso y propone un brindis: por la cena del Domingo. Por la cena del Domingo responden todos. Es la segunda vez en cuarenta y cinco años que falta al ritual de la hora de la pizza, la primera en la que se siente realmente feliz de que así sea.

Las voces de los comensales llaman la atención de los vecinos que pasan por el hall de entrada al edificio. Unos saludan brevemente, otros comentan por lo bajo. Los menos, les desean buen provecho y les regalan una sonrisa. Buenas noches, dice una mujer que llega apurada desde el estacionamiento mientas lucha por entrar al ascensor con unas bolsas que parecen multiplicarse constantemente. Es Gloria, la médica del edificio, se mudó en el noventa y cuatro, cuenta Elsa. A los pocos minutos, la doctora regresa con platitos y una fuente con algunas porciones de tiramisú. Para el postre, se excusa. Ahora sí que no falta nada, festeja Vallejos mientras va a buscar otra banqueta. Hacia las once, en el escritorio del encargado se funden historias, risas, sorpresas, coincidencias y sueños de seis vecinos que hasta ese momento poco y nada sabían de la existencia de los otros. La sobremesa se prolonga condimentada con los chistes del contador Gutiérrez, famoso por su inagotable colección de chalecos a rombos y su ahora desmitificada seriedad. Desde enfrente, los mozos del bar miran intrigados. Magalí los observa y le dan ganas de compartir la alegría de con ellos. Probablemente se sientan solos, suspira. Sale para llevarles un platito con tiramisú y por primera vez desde que llegó a la ciudad siente la fina caricia del rocío sobre su piel todavía adolescente. Pestañea, una, dos, tres veces. Sonríe. Sabe que aún no es tiempo de olvidar. Feliz, cruza la calle y piensa que quizás la semana próxima puedan sacar el escritorio de Vallejos a la vereda e invitar a otros vecinos. Como en Mercedes, como en Buenos Aires.

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08 octubre 2006

Cuestión de herencia

Escuchado ayer, por casualidad, en una esquina muy paqueta de la ciudad de Buenos Aires, una señora muy paqueta también, le comenta a otra de igual condición: "a mí me costó darme cuenta de que ella era una yegua... y la hija también".

Moraleja 1: la "yeguez" es hereditaria.
Moraleja 2: para ser "bien", hay que saber dar puñaladas por detrás.

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04 agosto 2006

Sobre algunas personas...

Hay personas que en su afán de lograr sus metas son como torrentes, arrastran todo obstáculo que se presenta en su camino, amores y odios, amigos y enemigos, pasado y presente. También hay de los otros, de esos que se quedan esperando a la vida, ahí sentaditos en una silla, con miedo de hasta ir al baño, claro, no sea cosa que llegue en ese preciso instante y no los encuentre.
A los primeros se los suele llamar carismáticos, self made man, egoístas u obsesivos, según de qué lado de la vereda se los mire, en cambio a los segundos se los suele llamar "González, venga a mi escritorio"... y es realmente una pena ver como González se levanta justo cuando la vida llega...

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22 junio 2006

Johnson & Johnson

Endulza su café con ensayada espontaneidad mientras nuestras miradas se buscan una y otra vez. Ella habla sobre futuros compartidos, sobre pasados que confluyen en este preciso instante. Su canto de sirena cautiva, invita a soñar mil promesas con sabor a realidad. Pero sus ojos...

Estoy cansado de que la chica sentada al otro lado de la mesa no me devuelva una sensación, de que esos ojos no me digan te quiero, te odio o me aburrís, estoy agotado de que las pupilas escondidas tras los culo de sifón del tipo del escritorio no revelen un gesto, un “sí, lo entiendo, ocho semanas es demasiado tiempo para una renovación de documento”, me desgasta que la mirada de ese amigo no me diga, al menos, que es mi amigo.

Al principio pensé que era una simple cuestión de colores. De grupos de colores. Decidí entonces comenzar a evitar, tal vez porque me pareció que se ajustaban al patrón de inexpresividad hombre-mujer, a aquellas personas con ojos grises. Después surgió la necesidad de huir de los celestes también, y días más tarde no podía sostener una mirada de más de dos segundos con alguien que tuviera sus ojos de color verde. Es cierto, en ese momento aún no importaba: tenía la dulzura de los marrones, la sinceridad de los color miel o la intensidad de los negros.
Pero luego, la excepción que confirma la regla y la regla confirmada una y otra vez, hasta caer derrotado ante esta inexpresiva realidad que hoy me encuentra pidiendo otro café.

La miro una vez más. Ella acomoda su pelo, seduce con sus movimientos, hace un comentario y lo complementa con una perfecta sonrisa de blanquísimos dientes. Pero sus ojos...

Mientras la observo no puedo evitar jugar con la idea de que quizás algún día no muy lejano los señores de Johnson & Johnson pondrán a la venta lentes de contacto con sensaciones: maravillosos packs de diez pares de te amo, te odio o estoy triste, lentes con brillos de felicidad o de llanto, con reflejos de paz o de ira, lentes tornasolados tal que al levantar apenas unos centímetros el mentón, la mirada revelará “te extrañé tanto”, y al cambiar unos grados el ángulo de la luz dirán “te quiero como nunca antes”, lentes que a la distancia sugerirán un odio irreversible y que luego desde la cercanía descubrirán una infinita tristeza.

Ese día, las pupilas de la chica sentada frente a mí dirán que ella me ama, me odia o que se aburre tanto o más que una ostra, el señor del escritorio se quitará sus culo de sifón y levantando sus ojos señalará que a él también le parece una locura esperar ocho semanas y mi amigo confirmará nuestra amistad con un destello marrón.

A partir de ese día, claro, los señores de Johnson y Johnson los hicieron tan perfectos, será imposible distinguir entre una mirada expresiva real y una comprada, entre una sensación genuina y una de plástico, a partir de ese día, claro, yo eterno inconformista, comenzaré a extrañar a esta bella señorita que mientras toma suavemente su tacita de café me mira sin que sus ojos puedan decirme absolutamente nada.

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