25 septiembre 2007

Premonición I

Estoy en un asado, en una gran mesa con mucha gente a lo largo, quizás un grupo de teatro que alguna vez frecuenté, quizás todos los grupos, no lo sé, no lo puedo determinar, tanta gente, tantas voces, tantas caras, todo es demasiado infinito y confuso. Estoy sentado casi en la punta. A mi lado hay una silla vacía, parece que la única. Alguien me pregunta si ella va a venir. Contesto que creo que no. En realidad sólo yo lo sé: ella nunca va a venir... en realidad...

Llamativamente, en la vida real esa noche voy a un asado, me siento en la punta de la mesa y a mi lado hay una silla vacía. Le pido a Cristina que se siente a mi lado. Ya no estoy tan triste.

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31 julio 2007

Ojos entrecerrados

Y tan sólo basta con entrecerrar los ojos para entreabir la puerta de tu sonrisa, para enredarme entre brazos y cabellos, labios y caricias, para que perdido en el brillo de tu esencia olvide pasados, saboree presentes e ignore futuros, sin más deseo que el de acercarme a mi puerta y entrecerrar mis ojos para...

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06 abril 2007

Pasar para no pasar

No recordaba cuánto había transcurrido desde la última vez que estuve sentado junto a esa ventana. Días, meses, años quizás, kilos, litros, grados, no lo sé, a veces uno cae rehén del inútil reflejo de cuantificar, de ponerle un valor, un número a todo: quince a las sensaciones del regreso, ocho a la comunión de las manos con la textura de una mesa ajada por palabras y silencios, veintiséis al olor a café tan propio de los sesenta y tantos rincones del bar, noventa y dos a los tonos de las voces de los parroquianos allí reunidos, treinta y cinco a unos dados que estallan en un full servido cerca de la barra. Es estúpido pegarle una etiqueta a cada recuerdo, me digo. Es estúpido e inevitable. Tanto o más como regresar a este lugar y no sentirse, al menos por unos instantes, un elegido a quien el tiempo le revela su secreto de pasar para no pasar.

Por el rabillo del ojo lo veo llegar apurado. Brillante de sudor, víctima de su heredada hiper puntualidad, me saluda agitado. Seguro que corrió para llegar antes de que el segundero complete su círculo vicioso una vez más. Seguro que en algún momento me contará que el tiempo de viaje desde su casa quedó reducido a “tan solo” catorce minutos. Seguro que elegirá el momento adecuado para hacerlo. Sentate, le digo, ¿qué tomás? Sus ojos me miran con una mezcla de miedo y de culpa. El karma de esa persona que siempre se va, del que nunca llega a ninguna parte, se trasluce en su mirada huidiza. Lo mismo que vos, apura con resignación. Claro, para qué poner en juego una decisión si total se va a tener que ir, pienso. Es elemental. Elemental e inevitable. Escribo la deducción como si fuera una etiqueta –una más- en el margen de mi cuaderno y pido dos cafés.
El sonido de los pocillos rasga la densidad del silencio y aprovecho su distracción para intentar comenzar con la entrevista. Me siento incómodo: nos conocemos de toda la vida pero parecemos extraños, sin nada que decirnos, sin nada que compartir. Quizás sea que el éxito y el anonimato conviven como extraños en la misma vida, paralelos, distantes, como esos rieles que no conducen a ninguna parte. O quizás sea que el éxito y el anonimato son estériles etiquetas de las dos caras de la misma moneda. Sonrío hacia adentro y me prometo anotar la frase para utilizarla luego. Escuchame, podés empezar por dónde quieras, no hace falta que sea cronológico, le explico con precisión docente. La cuchara que golpea rítmicamente contra el fondo de la taza es toda su respuesta. Algún observador casual de la escena pensaría que él simplemente me trata con indiferencia, pero en realidad no es así. Tras su coraza exterior, esa que lo muestra concentrado por completo en los geométricos giros de su cortado, sé que hace un esfuerzo sobre humano por encontrar la punta del ovillo que le permita salir del laberinto de sus recuerdos, por matar a esa especie de Minotauro de la conciencia y dejar fluir sus vivencias y sensaciones con total naturalidad. Pero no puede. Dale, lo primero que se te venga a la cabeza, lo provoco. No oye. Abstraído en su búsqueda, ahora no tiene como objetivo encontrar el inicio del carretel, que a esta altura él debe saber muy bien cuál es y dónde está, sino encontrar el mejor de todos, ese confeccionado con un hilo más suave que la seda, más resistente que el acero, el mejor de los recuerdos, el mejor de los relatos, la perfección de cada morfema y de cada palabra, la perfección de la perfección misma. Tristemente veo como la intensa actividad en su interior le quita naturalidad a su cuerpo: los ojos clavados en las irregularidades de la mesa, las manos rígidas, un rictus amargo en la boca que preanuncia el espasmo de la memoria. Nadie podría explicar lo que ocurre dentro de ese hombre. Nadie que no lo conozca de toda la vida.

Segundos después y sin que medie aviso alguno, el volcán estalla en una ininteligible lava de palabras y fechas carentes de sentido: Divorcio. 1985. Un cura. 1983. Primaria. 1986. Secundaria. 1993. Muerte. 1990. Hermana. 1990. Hermano. 1992. Beso 1993. Su estúpida perfección simplificada al extremo no tiene nada que ver con la consigna, no tiene nada que ver conmigo ni con él. Ya no me siento incómodo sino molesto. Molesto con su sobre actuada inexpresividad, con su telegrama verbal, con la bendita idea de haber propuesto esta entrevista. Manuel, escuchame, necesito que te describas, nada más. Cerveza. 1995. Torneo. 1994. Mujer. 1996. Sistemas. 1998. Diario. 1994. Fracaso. 2001. Teatro. 2000. Mariana...
Súbitamente los dos nos quedamos congelados al escuchar el nombre. Con una lentitud imperceptible todo se diluye en ese instante: miradas, sensaciones, recuerdos, presentes, voces, silencios, distancias, todo, absolutamente todo, comienza a girar en torno a ese punto de inflexión con nombre de mujer que absorbe al éxito y al anonimato, al hombre sociable y al misántropo, al sensible y al infranqueable, al defensor del pseudo bien y al abogado del pseudo mal, ahora en sus aguas se mezclan entrevistador y entrevistado, actor y espectador, lector y escritor, juego y jugador, ahora en ese espiral colmado de verdades se funden las dos caras de esa moneda que, sentada en la mesa de un bar cualquiera, fantasea inútilmente con descifrar el preciado secreto de pasar para no pasar.
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-- Gabriel Gil - Mis Aguasfuertes - Roberto Arlt - Mis Aguafuertes --

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16 marzo 2007

Para descifrar el rocío

Todos estamos en el pozo,
pero algunos miramos las estrellas
Oscar Wilde


El murmullo incesante de la ciudad se filtra por la puerta ventana del balcón entreabierta. Con la misma curiosidad del primer día, Magalí se asoma y recorre la infinidad de departamentos que la rodean. Observa con lentitud, como si intentara grabar a fuego en su memoria cada una de las imágenes que desfilan ante sus ojos. Primero arriba, luego abajo, hacia el norte y sur después. La combinación cemento-cielo-tierra-todo no deja de sorprenderla aún cuando ya pasaron dos meses desde que llegó de su Mercedes natal. Qué diferente que es esto, suspira. Allá, mi casa es mi casa, distinta a la de Paula, a la de Nico. El bar es el bar y no una copia exacta de otros cinco, diez o cien. Allá nada ni nadie se pierde en el anonimato de la generalización. La voz de un comentarista que analiza los avatares del último partido de fútbol del Domingo interrumpe su pensamiento. Uno, dos, tres, nueve, doce. Dieciséis pisos. ¿Quién vivirá en ese balcón descuidado del octavo?¿Habrá una familia merendando en ese departamento del decimoquinto?¿Y en aquel otro?¿Se conocerán entre ellos? Imposible saberlo. Allá es todo tan distinto, acá se ve todo tan igual. Uno, dos, tres, cien. Mil balcones. Todos con cortinas que danzan somnolientas al ritmo de la brisa densa, con plantas que no conocen la lluvia, con sombras empapadas por los rayos catódicos de un aparato de televisión. Magalí siente la boca reseca. ¿Seré una más?¿Cuántos de ellos llegaron desde sus Mercedes natales?¿Cuántos de ellos recordarán el aroma de un jardín, la textura de una flor mojada por el rocío, el sonido del viento entre los árboles?¿Cuánto me falta para empezar a olvidar? La joven pestañea, una, dos, tres veces. Se siente abrumada, ajena, perdida en una realidad que no es la suya, en una realidad a la que llaman Buenos Aires.

Dos pisos más arriba, Elsa mira las agujas del reloj de la cocina que marcan las nueve con un movimiento seco y preciso. En un acto reflejo, toma apurada el teléfono del “mueblecito” y presiona con velocidad los ocho números de la pizzería de la otra cuadra. Sí querido, como siempre, con poco orégano y sin aceitunas, ¿cuánto demora? La frase se repite ritualmente todos los Domingos a las nueve desde hace ya cuarenta y cinco años, cuando recién se había casado con Raúl. Para la pareja, la hora de la pizza, como decidieron llamarla, fue siempre mucho más que un simple acto de alimentación: en un día donde el almuerzo era compartido con los padres de ella o de él, donde la tarde se dividía entre visitas a familiares, amigos, tareas domésticas o alguna “escapada” de Raúl a la cancha, la hora de la pizza era un bálsamo para la intimidad, un espacio que ambos disfrutaban después de una salida al cine o de una vuelta por la plaza del barrio, la excusa perfecta para una conversación de sobremesa que podía extenderse sin que, contrariamente a la exactitud de esta costumbre, importaran las horas.
Elsa se mira en el espejo ornamentado del mueblecito. Las canas le han ganado la batalla: hace tiempo que su cabello perdió ese color negro azabache que tantos jóvenes le alababan en los bailes de carnaval. Pero aún conserva la sonrisa amplia y generosa que tanto le gustaba a su marido. Sonríe. El espejo le devuelve la imagen de una simpática abuela. Una abuela que no es. Su boca cobra de inmediato un rictus amargo. Quizás si tuviera treinta años menos. Pero ahora es tarde. Para hijos, para nietos, para ser Domingo, es tarde. Mejor que me deje de pensar en pavadas y que ponga la mesa, se reprocha. Intenta sonreír una vez más, pero ya no es lo mismo. Lejos están los bailes, un departamento recién pintado, los programas triples del cine Gran Norte, las charlas interminables, el accidente y la única noche en la que el rito fue interrumpido. La mujer mira la mesa con tristeza. Hoy, un solo plato bastará para recordar una de las costumbres que más disfrutaba con su esposo.

Hola, buenas noches. Buenas noches, querida, ¿cómo estás? Desde la vereda, dos repartidores que comentan el empate en el clásico del fútbol local observan a las mujeres que se saludan en el hall del edificio. En el palier, Elsa recibe la pizza y fiel a su costumbre entreabre la caja para controlar que tenga poco orégano y ni una sola aceituna. Magalí toma su porción de tallarines a la bolognesa, sin mucho más interés que el de regresar lo antes posible a su departamento. Dejá nena, yo cierro. La joven no la escucha. El calor de la bandeja plástica que quema sus dedos no tiene comparación con el que siente en su pecho. Hay algo que no comprende, que no logra descifrar. Pestañea, una, dos, tres veces. El ardor se convierte en un río helado que recorre su espalda, que se bifurca por sus brazos, piernas, que desemboca en los baldosones encerados de la planta baja donde todo es agua, donde desbordan los balcones, las distancias, los aromas de los jardines que no están. Señora, ¿por qué los Domingos son tan tristes en Buenos Aires? Al reconocer el sonido de su voz, Magalí se da cuenta de que la corriente de su angustia destruyó todas las barreras de represión y censura de su aparato psíquico, que ya no puede controlar un caudal que se ha tornado violento e impredecible: el río se ha convertido en mar. Elsa se queda petrificada con la llave puesta en la cerradura. Identifica en la pregunta de la joven la duda que la asalta cada vez con más frecuencia: ¿por qué para ella todos los días son Domingo? Ojalá lo supiera, ojalá no fuera así. La mujer nota que los músculos de la cara se le tensan hasta instalar en su boca ese rictus amargo, tan familiar en los últimos tiempos ¿Qué responderle a la chica? El silencio la incomoda. Saca la llave y se acerca al ascensor. La puerta del artefacto se abre bruscamente y de su interior sale un hombre de aspecto desalineado, barba despareja, cabellos grasosos que luchan contra una incipiente calvicie y una pila de cuadernos amarillentos apretados bajo el brazo. Es así, la tristeza es el mal de las grandes ciudades, la alienación, como lo explicó Marx hace más de cien años, dice fugazmente mientras se encamina hacia a la puerta de entrada. Sin esperar respuesta alguna ni despedirse, la abre del mismo modo del que descendió del ascensor y se va. Las mujeres se miran sorprendidas, sin entender como la situación desembocó en esa aparición tragicómica. Es el del quinto ‘B’, creo que trabaja como profesor. Debe siete meses de expensas, apuró Elsa. Vive solo, no está casado ni tiene hijos, ¿a qué piso vas?
El viaje hasta el sexto transcurre con el mismo silencio incómodo del palier. Ninguna de las dos se atreve a hablar. Magalí cuenta los pisos. Uno, faltan cinco, dos, faltan cuatro, tres. La mujer piensa en la pizza, en las costumbres y en que el Lunes irá a la biblioteca a consultar sobre el tema de la “alienación”. Quizás encuentre algo interesante. Chau, gracias señora. Elsa, me llamo Elsa. Vivo en el octavo ‘H’, si necesitás algo me tocás timbre, ¿si? Gracias, Doña Elsa, yo estoy en el ‘ E’, al final del pasillo. Chau querida. Chau Doña Elsa. La puerta tijera del ascensor se cierra y el aparato reanuda su marcha tosca hasta el octavo. Es raro, por primera vez en su vida no la llaman por su nombre de pila o por su apellido de casada. El “Doña Elsa” en la voz de la joven queda flotando en su memoria. La mujer entra a su departamento y deja las llaves junto al teléfono. En el espejo del mueblecito se refleja la imagen de una abuela que después de cuatro años vuelve a sonreír de manera espontánea.

Ya en el living, Magalí se acuesta resignada en el sofá. Los tallarines la esperan sobre la mesa, dentro de la bandeja plástica que recibió hace minutos. No tiene ganas de comer. Siente que se traicionó, que una angustia adolescente la desbordó y que no pudo ocultarlo. Siempre le daba una mezcla de bronca y vergüenza cuando exteriorizaba sus emociones, sobre todo las negativas. ¿Qué pensaría Doña Elsa?¿Y el profesor?¿Que era una nena caprichosa que molestaba a los demás con sus preguntas?¿Qué le diría su mamá si estuviera acá? Ojalá estuviera acá. Sus ojos negros buscan las fotografías de sus padres en la repisa ubicada sobre el escritorio. En una, posa junto a su mamá en el comedor de su casa de Mercedes. En otra, su papá y su hermano la abrazan en un acto de la escuela. Más allá, los cuatro alzan las copas en una mesa de Navidad. En Córdoba, sus tres mejores amigas sonríen antes de subir al micro que las traerá de regreso. La joven se acerca a la repisa y toma la foto en la que aparece en el comedor de su casa. Daría toda esta independencia por estar sentada en la mesa con mi familia, piensa. ¿Qué comida habrá preparado mi mamá?¿Asado del mediodía con papas al horno?¿Disfrutarán ahora del postre? Y pensar que me avergonzaba quedarme a cenar con ellos cuando mis amigos salían. Qué tonta que fui, que tonta que soy. Magalí pestañea, una, dos, tres veces. Una lágrima se desliza hasta la rozar la comisura de sus labios. El sabor a sal la devuelve desde la mesa familiar a la libertad de la estudiante de psicología instalada en Buenos Aires. Se saca otra lágrima con un dedo y la “pega” en la foto navideña. La bronca deja paso a la tristeza. Toma un marcador y en la pizarra de fórmica que tiene junto a su escritorio escribe: “El sabor a sal es el sabor de la inmensidad, del mar, de esta solitaria libertad porteña que es profunda e inmensa”.
El sonido de un papel que se desliza por debajo de la puerta la sorprende en plena acción. Tapa el marcador y se acerca al sobre blanco. A esta hora una factura no puede ser. Sólo dice “Magalí” en prolija letra de imprenta. Lo abre y encuentra dentro una invitación escrita con la misma letra y sin firma alguna: “Domingo 8, 21 hrs., Hall del edificio. Traer una comida o postre de elaboración propia”. La joven busca las llaves y abre la puerta. El pasillo está a oscuras. No hay rastro alguno del misterioso mensajero. Bajo la luz que sale de su departamento, vuelve a leer el papel. Es muy claro: “alguien” le propone encontrarse la semana próxima en hall del edificio con “algo” preparada por ella.

Contrariamente a lo que hubiera pensado, la enigmática propuesta de cocinar para una persona que no conocía la llenó de energías. En ningún momento se preguntó quién era ni por qué la había elegido, sino que todo su problema fue decidir si prepararía una comida o un postre. Magalí tenía claro que la cocina no era su especialidad, pero también sabía que los conocimientos culinarios de su madre, que había heredado varias de las recetas “secretas” de su abuela Catalina, podrían ayudarla. No lo dudó ni un segundo. El Lunes, cuando regresó de la facultad, llamó a su mamá y le pidió algunos consejos “salados” y “dulces”. Pese a que no le gustaba mentir, y que siempre le había costado mucho ocultar la verdad, tuvo inventar una excusa para justificar su pedido: no podía revelarle el misterio de algo que no entendía ni deseaba entender. Con el pretexto de que invitaría a un grupo de compañeras a almorzar, la joven obtuvo uno de los tesoros más preciados de la bisabuela.
La semana pasó más rápido que nunca. Imaginando qué podría llegar a suceder en el encuentro, dedicada a la búsqueda de ingredientes “especiales” en los negocios del barrio y enfrascada en la lectura de apuntes sobre la teoría del desarrollo cognoscitivo, no tuvo noción del correr de los días. Finalmente, la mañana del Domingo la encontró ansiosa y casi sin dormir, con todo preparado para “elaborar” esa comida que el misterioso anfitrión le había pedido.

Magalí mira por la ventana. Afuera el gris del cemento, adentro el contraste de los ingredientes y los utensilios. La joven se sorprende. Nunca se tomó el tiempo de observar el lugar en detalle: la disposición estratégica de los muebles y de las alacenas, la cantidad de luz sobre la mesada, el reflejo de su cuerpo en el piso de mosaicos. Pestañea, una, dos, tres veces. El descubrimiento le da un placer que nunca había experimentado desde que vive allí. Juega, salta en una rayuela imaginaria, se arrodilla y se encuentra en una mueca como si tuviera ocho años. Ríe. Luego de dos meses, ríe. Con la sensación de plenitud a flor de piel, se acerca a la mesada y toma la hojita de papel donde tiene anotada la receta que su mamá le dictó por teléfono. Como parte del juego en el que caracteriza a una eminente cirujana, elige una cuchilla y propone: “doctora, opere”. Ríe otra vez. Con un par de movimientos precisos, saca el hueso entero de un trozo de costillas de cerdo con lomo. Deja el bisturí a un lado y estrechándose sus manos se felicita por el éxito de la intervención: el hueco quedó listo para ser rellenado con ciruelas, tal como le explicó su madre desde Mercedes. Minutos después la carne ya con los frutos en su interior, es condimentada con sal y pimienta y atada con un piolín. En la sartén el sonido del aceite caliente trae a su memoria el ruido de fondo de las viejas grabaciones de tango que su abuelo solía escuchar. El recuerdo la lleva a buscar entre sus discos, hasta que por casualidad se topa con uno de Miles Davis. Probablemente sea de papá, piensa. Nunca escuchó jazz, pero le parece que hoy es una buena oportunidad para comenzar. La música que llega desde el living se mezcla con la que brota de la carne dorándose. Dos temas después, el cerdo ya se encuentra “sellado”. Ahora resta pasarlo a una olla en la que la que hervirá junto a un litro de cerveza rubia y un ramito de hierbas aromáticas: el gran secreto heredado. La joven tapa el recipiente. Se siente plena, enredada en un juego que la deja tan cerca de la niña que fue como de las mujeres de su familia que la precedieron. ¿Cuál habrá sido la primera comida de mi bisabuela Catalina?¿Cuál será la primera comida que nos hace mujeres? La trompeta de Davis la distrae y pierde la respuesta que tenía en la punta de su lengua. A través del vapor de la olla, el gris del cemento que se ve desde la ventana ofrece un conjunto de matices que se confunden en celestes y verdes. No todo es blanco o negro, piensa. No todo es gris. Hay tonos. También acá hay balcones con flores que no son de papel. Con lentitud, lleva la cuchara de madera a su boca y el sabor a ciruela le hace entrecerrar los ojos. El placer de cocinar para otro, de saber que detrás de la comida hay alguien más, la transporta a otra realidad. Tonos, repite. La angustia de la semana pasada parece distante y banal. Todo es tonos, todo depende de cómo una escuche. De pronto, la voz de su madre se hace presente en su memoria: si la salsa que se forma no te queda muy espesa, agregale media cucharada de fécula de papas. Una hora después el carré está cortado en rodajas sobre una bandeja. Se siente orgullosa. Feliz y orgullosa. En una cacerolita, el puré de manzana que acompañará a la carne llena la estancia de un suave aroma acaramelado.

A las nueve en punto, Magalí toma el ascensor. En sus manos, la fuente con la carne y la cazuela con el puré tiemblan por más que trate de evitarlo. Se mira en el espejo. Pestañea, una, dos, tres veces. No comprende por qué lo hace, por qué hoy el impulso es más fuerte que el temor de verse desbordada por las emociones. Sin darse cuenta ya está en la planta baja. Acá voy, dice. Respira profundo y sale. En el hall, el encargado del edificio y el hombre del quinto ‘B’ conversan animadamente. El misterioso organizador del encuentro no está en la puerta de entrada. Tampoco en el palier. ¿Llegará tarde?¿Se habrá arrepentido? Supone que lo mejor es preguntarle al portero si lo vió. Al acercarse, observa aterrada que cada uno de ellos sostiene entre sus manos un recipiente cubierto con un repasador. No cree lo que ve. Prefiere no creer. Una mezcla de bronca y desilusión la invaden. Quiere gritar y patear como cuando tenía tres años. Yo pensé que, dice sin encontrar las palabras para poder continuar. Seguro que fue el profesor. Es una broma de muy mal gusto, piensa. Siente que el odio se le escapa por los poros, que en cualquier momento desbordará y tendrá lugar otra catástrofe emocional.
La voz de Doña Elsa a sus espaldas le devuelve la tranquilidad. Buenas noches, perdonen la tardanza, me entretuve con la televisión.
Magali, el encargado, y el hombre del quinto ‘B’ se miran extrañados. La mujer comprende que les debe una explicación. Como se habrán dado cuenta, la de las invitación soy yo, comienza. Conozco la historia de los cuatro, sé que estamos solos y que las cenas de Domingo son solitarias y angustiantes. Entonces, ¿por qué no tratar de convertir una comida en un lindo momento? Los tres asienten. El misterio fue para darle un poco más de sabor a la propuesta. Además, tenía miedo de que si los invitaba a mi departamento pusieran excusas para no ir. Pero ahora no importa, apuró la mujer, ya estamos todos acá. Señor Vallejos, ¿podemos usar su escritorio? Elsa se siente energizada, jovial. De su canasta saca un mantel, cuatro platos, cubiertos y vasos. Bueno, a ver que trajo cada uno, propone ansiosa. Vallejos acerca unas banquetas plásticas desde el cuarto de limpieza. No serán un lujo, pero es mejor que el piso, dice entre risas. Una vez sentados, Magalí se presenta y cuenta orgullosa que el carré de cerdo con puré de manzanas está preparado según la receta especial de su bisabuela. Rogelio, el profesor, sugiere que también pueden acompañarlo con su ensalada griega de tomates, pepino, cebolla, queso cortado en daditos y aceitunas negras. Ideal para grandes momentos, como el que estamos por disfrutar, señala. Elsa, en su rol de madre organizadora, dispone de cada uno de los detalles de esa especie de kermés de consorcio: las empanadas salteñas hechas por el señor Vallejos por un lado, la carne con el puré de manzanas y la ensalada por el otro y en una de las puntas la pizza casera preparada por ella. Sí, es caserita, dice remarcando la ‘t’. No sé como habrá salido. La última que hice fue hace como veinte años. Ríen. Cuánto tiempo, piensa. Dale Elsita, se anima, hoy estás acá, de anfitriona, dale que es tarde para angustiarse y temprano para ser Domingo. La mujer se pone de pie con esa sonrisa que tanto le gustaba a Raúl, levanta su vaso y propone un brindis: por la cena del Domingo. Por la cena del Domingo responden todos. Es la segunda vez en cuarenta y cinco años que falta al ritual de la hora de la pizza, la primera en la que se siente realmente feliz de que así sea.

Las voces de los comensales llaman la atención de los vecinos que pasan por el hall de entrada al edificio. Unos saludan brevemente, otros comentan por lo bajo. Los menos, les desean buen provecho y les regalan una sonrisa. Buenas noches, dice una mujer que llega apurada desde el estacionamiento mientas lucha por entrar al ascensor con unas bolsas que parecen multiplicarse constantemente. Es Gloria, la médica del edificio, se mudó en el noventa y cuatro, cuenta Elsa. A los pocos minutos, la doctora regresa con platitos y una fuente con algunas porciones de tiramisú. Para el postre, se excusa. Ahora sí que no falta nada, festeja Vallejos mientras va a buscar otra banqueta. Hacia las once, en el escritorio del encargado se funden historias, risas, sorpresas, coincidencias y sueños de seis vecinos que hasta ese momento poco y nada sabían de la existencia de los otros. La sobremesa se prolonga condimentada con los chistes del contador Gutiérrez, famoso por su inagotable colección de chalecos a rombos y su ahora desmitificada seriedad. Desde enfrente, los mozos del bar miran intrigados. Magalí los observa y le dan ganas de compartir la alegría de con ellos. Probablemente se sientan solos, suspira. Sale para llevarles un platito con tiramisú y por primera vez desde que llegó a la ciudad siente la fina caricia del rocío sobre su piel todavía adolescente. Pestañea, una, dos, tres veces. Sonríe. Sabe que aún no es tiempo de olvidar. Feliz, cruza la calle y piensa que quizás la semana próxima puedan sacar el escritorio de Vallejos a la vereda e invitar a otros vecinos. Como en Mercedes, como en Buenos Aires.

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08 octubre 2006

Cuestión de herencia

Escuchado ayer, por casualidad, en una esquina muy paqueta de la ciudad de Buenos Aires, una señora muy paqueta también, le comenta a otra de igual condición: "a mí me costó darme cuenta de que ella era una yegua... y la hija también".

Moraleja 1: la "yeguez" es hereditaria.
Moraleja 2: para ser "bien", hay que saber dar puñaladas por detrás.

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04 agosto 2006

Sobre algunas personas...

Hay personas que en su afán de lograr sus metas son como torrentes, arrastran todo obstáculo que se presenta en su camino, amores y odios, amigos y enemigos, pasado y presente. También hay de los otros, de esos que se quedan esperando a la vida, ahí sentaditos en una silla, con miedo de hasta ir al baño, claro, no sea cosa que llegue en ese preciso instante y no los encuentre.
A los primeros se los suele llamar carismáticos, self made man, egoístas u obsesivos, según de qué lado de la vereda se los mire, en cambio a los segundos se los suele llamar "González, venga a mi escritorio"... y es realmente una pena ver como González se levanta justo cuando la vida llega...

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22 junio 2006

Johnson & Johnson

Endulza su café con ensayada espontaneidad mientras nuestras miradas se buscan una y otra vez. Ella habla sobre futuros compartidos, sobre pasados que confluyen en este preciso instante. Su canto de sirena cautiva, invita a soñar mil promesas con sabor a realidad. Pero sus ojos...

Estoy cansado de que la chica sentada al otro lado de la mesa no me devuelva una sensación, de que esos ojos no me digan te quiero, te odio o me aburrís, estoy agotado de que las pupilas escondidas tras los culo de sifón del tipo del escritorio no revelen un gesto, un “sí, lo entiendo, ocho semanas es demasiado tiempo para una renovación de documento”, me desgasta que la mirada de ese amigo no me diga, al menos, que es mi amigo.

Al principio pensé que era una simple cuestión de colores. De grupos de colores. Decidí entonces comenzar a evitar, tal vez porque me pareció que se ajustaban al patrón de inexpresividad hombre-mujer, a aquellas personas con ojos grises. Después surgió la necesidad de huir de los celestes también, y días más tarde no podía sostener una mirada de más de dos segundos con alguien que tuviera sus ojos de color verde. Es cierto, en ese momento aún no importaba: tenía la dulzura de los marrones, la sinceridad de los color miel o la intensidad de los negros.
Pero luego, la excepción que confirma la regla y la regla confirmada una y otra vez, hasta caer derrotado ante esta inexpresiva realidad que hoy me encuentra pidiendo otro café.

La miro una vez más. Ella acomoda su pelo, seduce con sus movimientos, hace un comentario y lo complementa con una perfecta sonrisa de blanquísimos dientes. Pero sus ojos...

Mientras la observo no puedo evitar jugar con la idea de que quizás algún día no muy lejano los señores de Johnson & Johnson pondrán a la venta lentes de contacto con sensaciones: maravillosos packs de diez pares de te amo, te odio o estoy triste, lentes con brillos de felicidad o de llanto, con reflejos de paz o de ira, lentes tornasolados tal que al levantar apenas unos centímetros el mentón, la mirada revelará “te extrañé tanto”, y al cambiar unos grados el ángulo de la luz dirán “te quiero como nunca antes”, lentes que a la distancia sugerirán un odio irreversible y que luego desde la cercanía descubrirán una infinita tristeza.

Ese día, las pupilas de la chica sentada frente a mí dirán que ella me ama, me odia o que se aburre tanto o más que una ostra, el señor del escritorio se quitará sus culo de sifón y levantando sus ojos señalará que a él también le parece una locura esperar ocho semanas y mi amigo confirmará nuestra amistad con un destello marrón.

A partir de ese día, claro, los señores de Johnson y Johnson los hicieron tan perfectos, será imposible distinguir entre una mirada expresiva real y una comprada, entre una sensación genuina y una de plástico, a partir de ese día, claro, yo eterno inconformista, comenzaré a extrañar a esta bella señorita que mientras toma suavemente su tacita de café me mira sin que sus ojos puedan decirme absolutamente nada.

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19 junio 2006

Divertido origen de la palabra “squenun”

En nuestro amplio y pintoresco idioma porteño se ha puesto de moda la palabra "squenun".

¿Qué virtud misteriosa revela dicha palabra? ¿Sinónimo de qué cualidades psicológicas es el mencionado adjetivo? Helo aquí:
En el puro idioma del Dante, cuando se dice "squena dritta" se expresa lo siguiente: Espalda derecha o recta, es decir, qué a la persona a quien se hace el homenaje de esta poética frase se le dice que tiene la espalda derecha; más ampliamente, que sus espaldas no están agobiadas por trabajo alguno sino que se mantienen tiesas debido a una laudable y persistente voluntad de no hacer nada; más sintéticamente, la expresión "squena dritta" se aplica a todos los individuos holgazanes, tranquilamente holgazanes.

Nosotros, es decir el pueblo, ha asimilado la clasificación, pero encontrándola excesivamente larga, la redujo a la clara, resonante y breve palabra de "squenun".

El "un" final, es onomatopéyico, redondea la palabra de modo sonoro, le da categoría de adjetivo definitivo, y el modo grave "squena dritta" se convierte en esta antítesis, en un jovial "squenun", que expresando la misma haraganería la endulza de jovialidad particular.
En la bella península itálica, la frase "squena dritta" la utilizan los padres de familia cuando se dirigen a sus párvulos, en quienes descubren una incipiente tendencia a la vagancia, es decir, la palabra se aplica a menores de edad que oscilan entre los catorce y diecisiete años.

En nuestro país, en nuestra ciudad mejor dicho, la palabra "squenun" se aplica a los poltrones mayores de edad, pero sin tendencia a ser compadritos, es decir, tiene su exacta
aplicación cuando se refiere a un filósofo de azotea, a uno de esos perdularios grandotes, estoicos, que arrastran las alpargatas para ir al almacén a comprar un atado de cigarrillos, y vuelven luego a su casa para subir a la azotea donde se quedarán tomando baños de sol hasta la hora de almorzar, indiferentes a los rezongos del "viejo", un viejo que siempre está podando la viña casera y que gasta sombrero negro, grasiento como el eje de un carro.

En toda familia dueña de una casita, se presenta el caso del "squenun", del poltrón filosófico, que ha reducido la existencia a un mínimo de necesidades, y que lee los tratados sociológicos de la Biblioteca Roja y de la Casa Sempere.

Y las madres, las buenas viejas que protestan cuando el grandulón les pide para un atado de cigarrillos, tienen una extraña debilidad por este hijo "squenun".

Lo defienden del ataque del padre que a veces se amostaza en serio, lo defienden de las murmuraciones de los hermanos que trabajan como Dios manda, y las pobres ancianas, mientras zurcen el talón de una media, piensan consternadas ¿por qué ese "muchacho tan inteligente" no quiere trabajar a la par de los otros?

El "squenun" no se aflige por nada. Toma la vida con una serenidad tan extraordinaria que no hay madre en el barrio que no le tenga odio... ese odio que las madres ajenas tienen por esos poltrones que pueden enamorarle algún día a la hija. Odio instintivo y que se justifica, porque a su vez las muchachas sienten curiosidad por esos "squenunes" que les dirigen miradas tranquilas, llenas de una sabiduría inquietante.

Con estos datos tan sabiamente acumulados, creemos poner en evidencia que el "squenun" no es un producto de la familia modesta porteña, ni tampoco de la española, sino de la auténticamente italiana, mejor dicho, genovesa o lombarda.

Los "squenunes" lombardas son más refractarios al trabajo que los "squenunes" genoveses.

Y la importancia social del "squenun" es extraordinaria en nuestras parroquias. Se le encuentra en la esquina de Donato Alvarez y Rivadavia, en Boedo, en Triunvirato y Canning, en todos los barrios ricos en casitas de propietarios itálicos.

El "squenun" con tendencias filosóficas es el que organizará la Biblioteca "Florencio Sánchez" o "Almafuerte"; el "squenun" es quien en la mesa del café, entre los otros que trabajan, dictará cátedras de comunismo y "de que el que no trabaja no come"; él que no ha hecho absolutamente nada en todo el día, como no sea tomar baños de sol, asombrará a los otros con sus conocimientos del libre albedrío y del determinismo; en fin, el "squenun" es el maestro de sociología del café del barrio, donde recitará versos anarquistas y las Evangélicas del latero de Almafuerte.

El "squenun" es un fenómeno social. Queremos decir, un fenómeno de cansancio social.

Hijo de padres que toda la vida trabajaron infatigablemente para amontonar los ladrillos de una "casita", parece que trae en su constitución la ansiedad de descanso y de fiestas que jamás pudieron gozar los "viejos".

Entre todos los de la familia que son activos y que se buscan la vida de mil maneras, él es el único indiferente a la riqueza, al ahorro, al porvenir. No le interesa ni importa nada.
Lo único que pide es que no lo molesten, y lo único que desea son los cuarenta centavos diarios, veinte para los cigarrillos y otros veinte para tomar el café en el bar donde una orquesta típica le hace soñar horas y horas atornillado a la mesa.

Con ese presupuesto se conforma. Y que trabajen los otros, como si él trajera a cuestas un cansancio enorme ya antes de nacer, como si todo el deseo que el padre y la madre
tuvieron de un domingo perenne, estuviera arraigado en sus huesos derechos de "squena dritta", es decir, de hombre que jamás será agobiado por el peso de ningún fardo.

Roberto Arlt – Aguasfuertes porteñas.

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28 mayo 2006

El solcito de las 10

Por más que me resulte curioso o que me dé una bronca de dientes apretados, aquellos entendidos en la materia aseguran que es así, que es parte de la mismísima esencia del hombre. Y tal vez tenga que darles la razón. La experiencia me demuestra, mal que me pese, que uno nunca termina de conocerse.

Hace un tiempo descubrí, casi por casualidad –y demostrándome lo poco que sé de mí-, el placer del solcito de las 10 de la mañana. La verdad es que hasta entonces no era consciente de la felicidad que podía darme algo “tan simple” a esa hora “tan particular” del día.
Quizás para muchos resulte obvio, quizás a otros no les quede más remedio. Para mí fue toda una revelación.

Y aclaro que no me refiero a ese sol de Sábado que esgrime el seductor argumento de tener todo el fin de semana por delante. Tampoco pienso en ese sol de Domingo que entibia el “vermucito” en el patio de la casa de los viejos. No.

El solcito de las 10 es el sol de los Lunes, de los Jueves, de los squenuns que vagabundean en la plaza mientras otros hacen fila en la máquina de café de la oficina, de los que se hicieron la rata, de los que regresan a contramano de las “buenas costumbres”, de los que decidieron llegar tarde al trabajo.
El solcito de las 10 es ese sol que en invierno abraza con una calidez tan suave como la seda, que en verano es la pausa previa a lo que será un día sofocante, es ese sol que entibia las facciones de la cara y que invita a entrecerrar los ojos mientras uno camina por Avenida de Mayo, mira por la ventana de un bar de San Telmo o viaja sin noción de la hora y menos aún de los minutos de retraso que lleva, es ese sol que sumerge en una sensación de ensueño, de abstracción, que deja muy lejos los ritos del despertar y el caos del almuerzo, que invita a disfrutar de ese momento del día en el que todo está por hacerse, en el que todo puede cambiar.

Es el sol de la libertad, asegurará algún filósofo de café mientras revolea sus ojos hacia arriba para recordarnos que se trata de un tema demasiado naif para él.
Es el sol de los vagos, dirá alguna señora de escoba en mano, rulero en pelo y chisme en boca mientras se apura para terminar de baldear antes de que el reloj dé las 9.

Es el sol de la gambeta a la rutina les respondo, el de la mentira piadosa, el de aquellos que le escapan, al menos por un rato, a la obligación, a lo que debería ser.
El solcito de las 10 es ese sol que pertenece a aquellos que eligieron ante todo y ante todos regalarse un recreo para ser.

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21 mayo 2006

Mis Aguasfuertes

No sé si debería cometer una vez más el error de empezarlo todo con una explicación. ¿Por qué? ¿Para quien? ¿Para qué? Absurdo esfuerzo el de intentar adelantarse a lo que no sucedió indica la razón, cobarde acción la de cubrirse frente a lo que puede llegar a pasar, recuerda la experiencia.

Y sin embargo, siento que a usted, a vos -qué dicotomía la de tutear o no tutear- le/te debo una explicación, al menos contarle/contarte por qué, para quien y para qué me tomo el atrevimiento de invocar el nombre del genial Roberto Arlt, por qué, por quien y para qué me abrazo a su concepto de Aguasfuertes para publicar estos cúmulos de palabras que me doy el lujo de llamar textos, por qué, por quien y para qué le/te hago perder algunos minutos de su/tu tiempo con estas líneas.

Desde que leí por primera vez las “Aguasfuertes porteñas” de Roberto Arlt quedé absolutamente fascinado con la idea de que todo está ahí, aquí, de que sólo es cuestión de salir a buscar, de asistir a esa escuela de la vida llamada calle, de caminar, de ver situaciones, personajes, lugares, maneras de ser, de actuar, que sugieren, que piden ser contadas.
Disfruto de ese placer de vagabundear. Sin rumbo, sin horas, sin regresos. Disfruto de ese placer de detenerme en medio de la vorágine cotidiana a mirar, de levantar la cabeza y observar las ventanas de lo que alguna vez fue la confiteria “El Molino”, el cielo recortado entre la aquitectura del siglo XIX de la diagonal norte, de bajar la cabeza y, como si el hecho de estar en “otra velocidad” me diera una mayor claridad, una mayor capacidad de observación, encontrarme con una realidad de apuros, sacos, corbatas, fast food, consumidores y consumidos, de malandras, fiacunes o squenuns pos-modernos, con una realidad que pide, que merece ser contada.

Y esa es la razón de ser de Mis Aguasfuertes, la de contar, la de compartir esas situaciones, esos personajes o las reflexiones que ellos generan, la de jugar con la sensación de que todo está ahí, aquí, a la vuelta de la esquina, la de mostrar, no de manera informativa, no como objeto de estudio, menos aún con la belleza y agudeza con la que lo hacía Arlt -sería una empresa demasiado utópica de mi parte-, que es posible que ud./vos/nosotros pueda/puedas/podamos reducir la velocidad, aflojar el nudo de la corbata de los sentidos y cambiar cinco minutos de locura cotidiana por cinco minutos del placer de vagabundear, al menos, por las palabras.

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